lunes, 16 de agosto de 2010
Pinturas de Walter Toscano
martes, 19 de enero de 2010
Nuevas baladas de la piedra

habita
mi ojo derecho.
Toda la noche
su marea estelar
sobre la piel oblicua del viento.
Los árboles marchitos son bellos
que abatidos por la fe
se dicen oraciones al oído
Pero los he querido oír, Auriel.
He prolongado la noche
y en la frente
una señal constante de ceguera.
Ahora danzan con cada palabra que escribo.
Poesía bicéfala
Poesía de Gladis Mendía

esta náusea no se quita
de nuevo todo está oscuro
cuándo se acabará esta noche
hermanitas siento mareos de abismo
ayer encontré serpientes bajando las escaleras
caí
era un hervidero al caer tapé mis oídos
y escuché una voz
pienso salir del castillo
la voz insiste que no lo haga
esta voz es tan dulce
susurra que deje de andar por castillos ajenos
que afuera no hallaré paz
tengo sed
y esta hambre no se quitan con pan y agua
hijitas
en ocasiones me busco
ando derramada
como charcos por las escaleras
me dice el dulce susurro
pero cómo
lunes, 15 de junio de 2009
Poesía simbólica

AYER-HOY
(Ayer, Hoy
Como Siempre, como antes
Las tinieblas envueltas de sabanas santas
Nublaron el nirvana en lobreguez-lamento.
Ayer, Hoy
Como antes, como siempre
Ah crecido la fogata apagada
En duelo-llanto)
Ha llovido hoy
Haciendo un sepulcral sonoro
Que rompieron del universo, sus cristales ladinos
Pero han sembrado en la tierra
Sus semillas aciagazas.
Ha garuado ayer
Haciendo un pasado vivo en marionetas longevas
Que provocaron tristes lagrimas en vaso de vidrios rotos
Y de a poco el ancho ajeno es de águilas pacas.
Ha llovido hoy,
Ha garuado ayer,
Y las mismas ciñas arrasan el manantial
Con royas mortíferas, como si fuese una fiera maldita.
Como antes, como siempre
Han atacado a la Bendita.
Llueven,
Tan grandes gotas de fuego
Lagrimas que nunca se acaban.
Lloran,
Los cielos de los llantos escondidos
Mientras que una luz se pierde en el camino.
Gritan,
Las aves de plumas viejas
Pidiendo solo ayuda del sol de la paz.
Andan,
Las hojas tristes y bien secas
Por un camino de oscuridad y maldad.
Ríen,
Los muertos que viven con el sufrimiento
Se alegran porque no tienen sentimiento.
Bailan,
Las sombras negras
Caminando por sitios de piedras.
Saltan,
Los ojos de las aves muertas
Llenos sus plumas de filudas espinas.
Pisan,
Los suelos llenos de clavos
Gritan y lloran, con una voz muerta.
Un animal, asesina mil hombres
Por año
Un mal fina se ríe de los daños.
Un ser pensante, observador
Sabe de la vida, depredador
Se ha convertido en todo los años.
Un animal no razonable, débil
De la vida, perdida de la humanidad
Que se rompe como un cristal frágil.
Un bien sepultado bajo la tierra
Junto con la mala fiera
Siendo desterrado del abusivo humanitario,
Tantas lágrimas amargas han formado ríos,
Caudalosa a la tierra impura
Húmeda a los huesos fríos
Congelado a la mano dura,
Un animal razonable, pensante
Tan caído sin senda a su diestra
Oscuro sin luz el vacío,
Tantos hombres han asesinado
Ese animal sin martirio.
(Tras mi envejecimiento lento
Cargo un saquito de mortal llanto
Que se mece en ese árbol de mi cuerpo taciturno)
El viento revolcándose
De mi agonía seca.
La alegría mojándose
De mis lagrimas muertas.
Fomentaron a mi voz
-En pecado umbrío-
(Mi cuerpo encono, fuerte en lo débil
Que acompaña al devaneo ojeroso
Que tintinea a la nirvana de mis labios tristes)
El lloriqueo juega
Con la flama rojiza
Que no alumbra ni alumbra.
La risotada se esconde
De los cosquilleos ajenos
Que no siente ni siente.
(Tras a mi acabado alegría,
Existe en su núcleo:
La ojeriza de la muerte feliz)
lunes, 4 de mayo de 2009
Dos poemas de Efer Soto
Efer Soto
HOTEL TREBOL
Estábamos en el hotel mirando el techo blanco,
tal vez esperando a la Muerte
un terremoto, un meteorito,
que un planeta impactara con la Tierra
y de una vez acabara con la raza humana, no sé.
Desamparados como dos aves bajo la lluvia
a pesar de que la ciudad ardiera por el sol,
fue cuando me sentí por primera vez poeta.
No está bien decirlo, pero es lo que pasó.
Tal como Roberto Bolaño y Lupe en el hotel Trebol
escritor Chileno y su amante de 17 años.
Conversábamos, y ella escuchaba atenta
mis confesiones de amores perdidos,
mis pensamientos cobardes de suicidio,
mis días febriles de estudiante,
pero era demasiado, ella necesitaba desfogar.
Entonces me contó sobre su hijo.
Había quedado embarazada a los quince
pero a diferencia de Lupe,
ella había tenido la valentía de “parirlo”
y desprenderse de su amor
para obsequiarlo a una buena familia.
Fueron sus palabras.
Era muy extraño el techo del hotel,
posiblemente
fijar la vista por mucho tiempo
y confesarse a la vez
podría llevar a cualquiera al suicidio,
fue lo que pensamos y entonces
usamos los cuerpos para callarnos.
No era otra cosa.
Era el amparo.
NO VOLVERÁ
cuando recorría los prados acompañado del canto fino de una orquesta de aves que alegraban el día.
Recuerdo los platanales, las papayas, los cañaverales y los enormes campos de cebada que bailaban con el viento bajo un cielo azul, adornado por el sol dorado que cruzaba con tanta envidia de la belleza de esa tierra.
Pero, la voz que surgía del suelo me decía
-a esta hermosa tierra no has de volver más que a tu descanso eterno.
Mas no se trataba de un regreso físico porque todo ello pronto acabaría por la irresponsabilidad humana, si no, de un regreso a su edificación en algún lugar de la memoria.
Poemas de Roy Dávatoc

Tocan la puerta; mujer,
la puerta que nadie atiende hace años,
la que tiene bolsillos como los pantalones
y late condenándose cuando te ausentas.
Tocan ocultos con el amor de dos niños
mientras la tarde cae celosa
con lluvia de palomas,
prisionera de amargura y de distancias.
Pero entre tú y yo
solo existen segundas criaturas;
todas en puntillas junto al muro,
con hilos negros sobre las faldas.
Y ahora
que todos los desánimos se han marchado,
se quedan contigo mi alma
mi voz
y mi palabra.
Debe hacerse la luz para nosotros
mientras los demonios consumistas
están durmiendo
entrepernados
en sus butacas de cuero fino; le dije.
Me lanzó una mirada indecisa
y frunciendo en ceño
se alejó a servirse un poco de tequila.
Me dijo que él no tiene altar ni patria
y no espera inmolarse
por un sudario que no es el suyo,
pues cree que al final
hasta las estrellas sangran en compañía de los pétalos sin luz
cree que el rocío
es el nombre de una mujer que le gustaron las flores.
Hay algo...

Una chica con una minifalda azul y unas piernas soberamente estupendas está junto a mí en al estación del bus situada casi a la salida del hospital. Me inquieta su nerviosismo, el constante mira-mira a su reloj como quien dice sin decir nada Estoy tarde, díos mío. Carajo, voy a llegar tarde. Ese deambular desesperado me recuerda nuestro primer embarazoso encuentro en el aeropuerto. Tú sonrojando ante mis ojos coquetos que te tragaban, que te desnudaban y se metían en tu alma como un taladro sediento. Ese beso urgente y necesario entre frutas y alimentos empaquetados que exhibía el supermercado y que aumentó el rubor de tu rostro y el temblor de tu carne. La muchacha gira, mira una y otra vez su reloj. Tengo la sensación que quiere marcharse, dejarme solo en el paradero, sin embargo se queda, como si tuviera los pies pegados al pavimento o le pesaran algunas toneladas.
Y si se fuera, me pregunto, yo no podría ir tras ella, me contesto, más bien pensaría en ti, me pondría a imaginar como la noche traga tu figura. Pensaría en la lejanía, en los miles de crecientes kilómetros que nos separan. Evocaría la ciudad donde habitas y sus calles arboladas y casi vacías. Claro, yo tampoco podría irme, imposible largarme sin ti, mi reina, mi vida, los lobos de la noche me devorarían. Tú eres mis salvoconducto en las fantasmales oscuridades. Por eso tengo el deber ineludible de decirte que tú eres mi muralla defensiva, la mano que levanta mis esperanzas, la luz que se hincha al final del túnel. Es que tú eres, sin duda alguna, la mano que encenderá la luz de la esperanza en los albas venideros.
Los minutos corren a razón de sesenta segundos de deseos voluptuosos y se hace tarde, anochece velozmente en mi corazón, aunque creo que no es tarde para amarte, nunca será de noche para decirte en el oído que eres la flor que cultivo en el jardín de mis sueños, que soy el jardinero que cuida y alimenta el rosal de tus besos y caricias. Además, aunque me digan que es ridículo, un tanto melodramático declararte mi amor, enviarlo en los susurros del viento, en el eco de la lluvia que ahora cae y me moja el cabello, te amo más allá de las cordilleras, de los desiertos, de los ríos y en el lugar más claro de la luna. Y aunque el frío me reduzca a brisa mi voz está contigo en el bus que te lleva a casa luego de salir de tu trabajo.
En el gimnasio la gente entra y sale, a pesar de los sudores no hay efluvios malignos. Terminada mi sesión de ejercicios, me cambio lentamente, pero sin llegar al exhibicionismo de algunos que se desnudan y caminan hacia la ducha con aires marciales de tener buen culo y un sexo envidiable. Salgo a la calle y el cielo sigue llorando inconsolable. De pronto una tristeza enorme me atraviesa hasta los huesos. Otra muchacha, envuelta de negro absoluto, camina a mi lado. Miro sus zapatos, sus tobillos, intento adivinar el arco de sus caderas y el bamboleo de sus senos. Sus ojos miran a uno y a otro lado, pero no me miran, no ven que yo la miro con curiosidad. Entonces me asalta tu mirada, me trepan tus besos sin escalas ni parametrajes y silvo los gemidos de Yo te amo... yo tampoco, Je, t’aime, princesita. Te veo bajar del bus y caminar distraída por esas calles semioscuras que te llevarán a casa.
Bajo las escaleras que me conducen al subterráneo donde queda la estación del tranvía. Miro el teléfono móvil y me cercioro que nadie ha llamado ni ha enviado un mensaje. Una muchacha baja apurada haciendo retumbar los metales de las escaleras con sus tacones. Entonces tengo deseos de tener tu blusa con el escote más atrevido, tus pantys más sexys, tu tanga más exótica y diminuta, tu falda con el corte lateral para mostrar la firmeza erótica de tus muslos y también se me ocurre ponerme tus zapatos con los tacos más agudos, cruzar mi pecho con tus sostenes a manera de cananas y pintarme discretamente los labios con tu carmín preferido. Y claro, quisiera pedirte permiso para serte infiel, o sea, amar a tu sombra, a tu recuerdo y a esa mujer que en ti aún no he descubierto o que me sorprende cada vez que nos encontramos. Después escribir algo así como que soy el muchacho malo de la historia, el que fornicó con tres mujeres y le sacó cuernos a su mujer. Pero viene el tranvía y olvido estos antojadizos anhelos y pienso en tu boca, en tus besos, en el sabor de tu cuello y el perfume de tus cabellos.
Me siento y a los pocos minutos ya estoy cabeceando, aunque el instinto me mantiene alerta para no pasarme de paradero. Siento la pesadez de los párpados. Pienso en tu sexo y sonrío, ah, me toca bajar. El viento barre la calle y la suave lluvia escarcha mi cabeza. Me duelen los pies y cuanto quisiera calzar tus graciosas zandalias de casa. También deseo hacer pis y acelero el paso, mis zapatos resuenan en las calles mojadas sin el habitual zapateo de cientos de transeúntes. Ya en casa voy corriendo al WC. Qué alivio expulsar los orines como un chorro humeante que estabas estancados en la vejiga. Me pongo cómodo, no sé si beber un té frente a la televisión o frente a la computadora. Finalmente decido escribirte, o por lo menos, volver a intentarlo para decirte que te extraño, mi conejita más amada.
A duras penas logro abrir mi pecho, mi alma es una loca campana llevando en sus sonidos mi mensaje. Te digo que respiro tu valor y bebo la fe tuya en el hueco de tus manos. Me alegro saber que despiertas amándome como yo te amo, que eres la amiga que me comprende sin restricciones, la mujer que me ofrece refugio cada vez que mis fantasmas me persiguen, la amante que arde en todos mis deseos, la esposa que me ofrece su hombro en el instante más oportuno, la novia que me envuelve con los paños de su tierna timidez, la prostituta que se aviene a todo el arsenal de mañoserías con la dulzura de las noches más calientes.
Ya no encuentro más palabras ni adjetivos para decir con mayúsculas cuanto te amo o decir simplemente ICH LIEBE DICH princesita mitad ángel y mitad demonio. Warmi, ¿imatataq mosqokuranki chisi? Yo siempre sueño contigo sonqito.
Dos poemas desde Cañete

TRANSEUNTE INCORPORADO
Llapantan ccahuany, lo veo todo,
Y lo que no, lo siento,
Lo siento en los poros saturados de escombros:
Aliviados de una pena injustificable
Cruzan umbrales desolados, compungidos,
Adentrándose en silencios voluminosos, taciturnos.
Exponen secuelas hirvientes, monótonas:
Acelerando sus figuras anoréxicas
Con un rayito de esperanza.
(A lo lejos todos somos invisibles)
Al final, el mismo susurro de suela
Sigue rondando en mi cabeza.
Los olores copulan al medio día
La carne es envenenada, olvidada y estirada
Al medio día.
Al medio día la brisa les devuelve
Su recuerdo azulado.
-todo es un loquerío-
Las moscas no distinguen nada
Y los metales siguen siendo acariciados
Como a una madre.
Breviario

Trazó los últimos círculos y se detuvo cerca al cuerpo. El hombre parecía dormitar. Un periódico ambarino cubría su rostro del furor de la canícula.
El ave dio unos saltitos y examinó la escena. Sus ojos de negro brillante escrutaban a Nicolás que parecía inmóvil. Meneó la cabeza. Erizó las pequeñas plumas de su nuca y abrió las nocturnas alas. De pronto, con toda la majestad de saberse dueño de la situación, tronó con su voz.
Le vi acercarse. El hombre seguía quieto. ¡Nicolás!, grité.
Con algo más de confianza, el ave se le acercó. Yo sentí un escalofrío. Como si temiera lo peor.
Una ráfaga de viento se llevó el periódico y descubrió la faz de un hombre viejo. Una expresión cortada se dibujaba en su ajada tez. El ave se encaramó sobre su pecho.
Nicolás, Nicolás; despierta de una vez. Mira que estoy lejos y no puedo hacer ya nada por ti.
Entonces yo, Nicolás Ariaga, tuve que presenciar cómo le iban sacando los ojos a mi cuerpo muerto.
Alberto Zelada. Pacasmayo, 1977. Radicado en Trujillo. Es ingeniero mecánico. Publicó en la plaqueta Equinoccio. Es miembro del grupo “Legion” de Trujillo. Ha publicado también en las revistas Remolinos y Reflejo.
domingo, 19 de octubre de 2008
Haikus o poesía japonesa
viernes, 17 de octubre de 2008
Narrativa andina

El primer recuerdo que tengo de él son sus ojos acuosos atiborrados de paisajes e inclemencias, su boca desdentada y babienta que dejaba escapar gemidos de perrito desvalido, su sombrero gastado y sucio por cuyos agujeros asomaban los pelos de su coronilla como rebelde ichu de puna... Aún me parece estar viéndolo avanzar como un perro apaleado, arrastrando esas sus piernas torcidas e inservibles, ofreciendo a todos esa su expresión de infinito desamparo, aplastándose contra los rincones de la calle...
Desde la plaza del pueblo hasta el principio de la calle principal empezaba a salir la gente para verlo. Entre ellos el taita cura, chismoso y novelero como nadie, bajaba las escalinatas de la iglesia, ostentando su impecable sotana blanca, abombando el vientre, acomodándose los anteojos. “Es un pecador –decía-. Por eso, Dios lo castigo”. Y afloraban las murmuraciones del resto: “¡Dirás nomás, pendejo! ¿Acaso no se cruzó en tu camino?”.
Es que ya no era secreta la cosa.
Corría el cuento de que el Satuko y el taita cura se encontraron, ambos, cara a cara, en la choza de la Constantina Quispe: el uno ingresando y el otro saliendo. ¡Y a la media noche, fíjese usted!.
Es que dizque el cholo antes fue un hombre de juicio cabal, un cholo del carajo, con todas sus pertenencias corporales y mentales puestas en su debido lugar. Y, encima, con una pinta que para qué le cuento. Habían cholas que no podían resistir el embrujo de sus bigotes y su porte y su castellano bien hablado. ¿Qué hembras no pasaron por su debajo? Si hasta la mujer del gobernador mereció ese honor.
Pero, como se sabe, que nadie está libre de las ocurrencias contrarias que suceden en la vida, el Satuko tuvo la desgracia de quedar debajo de una avalancha de piedras, la vez que se construía la carretera del pueblo: quedó con las piernas trituradas y el entendimiento dislocado. Así se convirtió en un despojo humano que se desplazaba por las calles del pueblo empujando su bola de ropas viejas y demás trastos inútiles. Mismo escarabajo él, qué caray. Por lo que lo llamamos: el Akatanqa Satuko.
Algo menos que un perro, el pobre. Poquita cosa, él. Montoncito de harapos y mugre. Ojos legañosos. Sonrisa boba..
-¡Mírelo, allí está!
-¡A qué culpa estará cargando esa cruz!
Los muchachos de la escuela lo acosábamos a gritos; todos, chillando a un mismo tiempo, danzando a su alrededor, tirando de sus andrajos, arrancándole el sombrero para hacerlo desaparecer.... Venía para nosotros la obligación de permanecer adheridos a sus ojos brillantes; y él, que giraba la cabeza de un lado a otro, de rostro en rostro, como un mismo trompo...
En una oportunidad, en el calor del juego, uno de nosotros -hecho del que posteriormente nos arrepentimos mucho- le reventó un cohete en los labios, detonante que iba dentro de un cigarro. Esa vez lo vimos llorar como un animal herido, sorbiéndose los labios sangrantes, profiriendo un gemido musical, tan doloroso y triste, que nos causó horror y repulsión.
-¡Pobre Akatanqa!
Fue aún peor la vez en que se presentó el Donato Taype; borracho empedernido como era éste, se puso a hacerle blanco de sus bromas pesadas: le embadurnó el rostro con excremento humano e hizo trizas sus harapos dejándolo casi desnudo. Al final, hasta como que quiso meterle el pájaro en la boca, entre risotadas y palabras obscenas.
Nadie se atrevió a decir no a ese abuso. Las pocas voces de protesta que se dejaron oír se perdieron debajo de la risa.
Esa noche, mi madre se puso histérica cuando le conté lo sucedido.
-¡Olvídate de él! –estalló-. ¡Todos olvídense de él!
Y lloró como nunca la había visto llorar.
En esos días, pensé que ella lloraba a culpa de tener un buen corazón, encerrada en la cocina, metida entre las mantas de su lecho, dándose lástimas y rezando con profundo fervor a los santos que se velaban en el altar de su cabecera. Pensé que ella lo apreciaba sólo por aquella relación tan simple que trae consigo el ser todos hijos de Taita Dios. Más de una vez, la vi correr hacia el Satuko llevándole un poco de comida en la escudilla del perro. Hubo aún una vez en que lo cubrió con un poncho cuando lo encontró mojado por la lluvia, arrastrándose sobre el lodo de la calle, tiritando y arrimándose a las puertas....
-¡Buen corazón tiene doña Eulalia!
-¡Dizque hasta lágrimas echa por él!
Así estuvieron ocurriendo las cosas hasta que, un día, el Satuko se apareció más aplastado y encogido que de costumbre.
-¿Qué tienes, papacito?
-¿Qué te duele?
Sentado aquí, como lo estoy ahora, recuerdo mis asuntos propios y pienso en lo que ellos habrán de ser en los tiempos que están por venir. Rememoro mi infancia que llega a modo de llovizna continua y me parece estar viéndolo, señor, allicito, en ese rincón de la calle, en momentos en que nos íbamos para la escuela. Y yo que me acerco a él llevándole el encargo de mamá: un pocillo de mate medicinal que él se lo bebe con avidez.
El mal lo fue consumiendo cada día. Aumentaron sus legañas y su mugre. Sus ojos, ojos de pajarito herido, fueron extinguiéndose poco a poco.
Mi madre continuaba rezando frente al altar de su lecho.
-¡Recógelo ya, señor de los cielos!
Y una tarde, lo encontraron muerto en su covacha de cartones y esteras, más allacito de la escuela, un poco más acacito de las chacras de maíz, junto a la acequia de regadío.
-¡Vamos a verlo!
-¡Dizque está como dormido nomás!
Escapándonos de la clase, nos acercamos a su querencia. Estaba allí, tendido en su macabro silencio, sobre los cartones de su lecho, reposando en una quietud apacible, portando esos sus inolvidables ojos abiertos.....
Había bastante gente a su alrededor. Todos agradecían a la muerte por haberse llevado lo que en nosotros era una herida cotidiana. Cuando retorné a casa, encontré a mi madre llorando frente a su culpa, frente a lo que era ella sin la presencia del perdón, y me dijo:
-Perdóname, hijo mío. No debí ocultártelo. Se trata de tu padre que, al fin, ha dejado de penar...
El sol ya se estaba ocultando tras los cerros...

jueves, 16 de octubre de 2008
El cubismo en Boceli


Nada, flota; soy tu eterno salvavidas ante Todo.
Junta su pecho a mi pecho al contacto del estetoscopio;
Soy precisamente ello,
Una hipotenusa en su blusa,
lunes, 13 de octubre de 2008
miradas de piedra
César Quispe Ramírez
Sopla para que no seas el mismo animal
que se coloca pliegues marinos
cuando le sube el miedo
en la alteración del pan y las flores
Entre reflejo y reflejo repite las sílabas
y no invoques al fuego
solo sopla y aprende a vivir más cerca del sol
Abre la puerta
y recoge del sueño al ave
que se bate entre las ramas
Inúndate de agua mirando hacia el Sur
Recuerda que tienes los ojos grandes y la piel
crispada
ante los hincones de las agujas románticas
No digas piedra di estrella
No digas llave
di sueño
di hombre
di máquina
di claridad
Descamisa la pulsación de las sílabas
y espera la señal de gracia
o intenta buscar la torre más alta
para pesarte el labio ingrávido
Oye atentamente
el ruiseñor está dentro de ti
con la misma canción
donde el tiempo es casi nada
cuando buscas tu raíz por lo más vulnerable
y escurres por el viento
la embarcación colmadas de paisajes
y hoteles y gaviotas y cuerpos y veranos
y memorias
un poema fresco

Ven como ese verso caliente que consume
a dentelladas los sueños
ven para que en tu pecho broten las rosas
como estrellas
ven a este verano extenso a dejar tus gotas sordas
sobre mis peñas abiertas
Ven y desátame del reloj que ya es mediodía
Afuera la tarde es una fruta fresca
que aletea por la ventana
esperando exprimir su jugo milenario
sobre nuestros cuerpos si se juntan
Desátame para soplar
los ríos las palomas el tibio mar
que emergen de tu piel canela
Dejemos ese ruido de la noche y bebamos
la mejor agua
de nuestros cauces
sin hacernos heridas con nuestros fuegos
Busquemos el reposo como la paloma
busca tus cabellos
para reconstruir su nido
No oigas la campana del día que suena
como un perfume barato
Miremos el cielo y entreguémonos
en sus dedos de pájaro
Solo así podremos lamer la noche
Como animales salvajes
martes, 26 de agosto de 2008
¿Dulce amor?

Lucas es precioso, y ella una niña simple quitada de bulla, que se extrañó un poco cuando se le declaró, porque de seguro a Lucas le llovían las chicas bellas, de todos los estilos, de todas las edades, de todas partes siempre lo estaban mirando. En la calle, en el cine, en la disco, en el parque, cuando va con ella de la mano las mujeres se dan vuelta a mirarle el culito. Pero Lucas no está ni ahí, porque ni siquiera las ve, y sólo tiene ojos y atención para ella que lo adora, que lo peina, que lo acaricia como a un bebé en sus cálidos brazos. Y a Lucas le gusta sentirse así, amado y necesario para una niña común, una chica que no es fea, es agraciada y simpática, pero todos sus atributos palidecen junto a ese dios nacarado, hermoso como un sol. Y tal vez a todos los hombres bellos les gusta dejarse querer así, dejarse mimar, dejarse regalonear sin hacer ningún esfuerzo en la tranquila balsa del Edipo amor.
Pero una tarde en que ella lo esperaba en su ventana, mirando caer las hojas que alfombran el parque, le pareció distinguir su figura entre los árboles conversando con un desconocido, le pareció reconocer su cuerpo varonil acinturado por el brazo de aquel extraño. Y ya más segura, identificó a su bello Lucas tan contento, tan feliz abrazado a ese hombre, que tal vez era un viejo amigo. ¿Por qué no?. Un compañero de colegio, un vecino de su barrio, un amigote de farra. Total, a Lucas lo quiere toda la gente, que lo saluda, que lo toca, que lo abraza cariñosa. Pero nunca tan apretado, nunca tan cerca, se dijo ella viendo como la pareja buscaba la sombra de la foresta. Viendo como la mejilla de aquel extraño rozaba la de Lucas, buscando su boca, mordiendo su rosada boca en un beso mojado y sin salvavidas. Nunca tan amigos, pensó ella, mientras un velo de lágrimas le enturbiaba el paisaje. Nunca tan amigos, se repitió cerrando la cortina, sabiendo que nunca más lo volvería a ver.
Y de Lucas nunca más se supo. Acaso presintiendo el descubrimiento, nunca más volvió donde ella, la chica descorazonada por aquel mal entendido llamado amor. La chica simple que, al pasar el tiempo, pudo perdonar al bello Lucas, repitiéndose incansable que tal vez ese hombre era un amigo, que eran sólo amigos hombres que se dejaban querer bajo la sombra otoña y bisexual de un parque.
(Este texto esta basado en la canción “Lucas” de Rafaella Carrá)

Un poema a las chicas malas
El encanto de las prostitutas

¡Y nosotros que palpábamos
el encanto de las prostitutas
con el movimiento frenético de nuestros cuerpos!
Adolescentes éramos
y los burdeles olían a mar, a bonanza.
El perfume sagrado de las cervezas
movía la gracia de estar allí, copulando
con la desbaratada risa de unos labios encendidos
y el sabor de un rancio poema de amor
trágico
como la leche cortada de mi pubertad.
Allí aprendí a navegar
en ese ondular de cuerpos desnudos
que a veces tiene olor a muerte.
Allí encontré la belleza de un instante
el beso ebrio e inconsciente
la paz en medio del jadeo.
Allí, en la incongruencia de amar lo absurdo,
encontré la puerta a la realidad
la sinceridad del alma desnuda
en esos cuerpos que me dieron su goce furioso
efímero
pero marcado por la navaja de la memoria.
Y nosotros, ampulosos, corríamos con el salario
sobre ese piso de espuma olorosa
donde bailaban sin calzón y sin corpiño
reventando de placer en esa túnica alabastrina
que volaba con la música alargada
adherida a nuestra tímida desnudez.
Ese delirio fugaz era el cielo, bajando
con la última gota
de nuestra imberbe secreción.
viernes, 22 de agosto de 2008
EL MISTERIO Y LA FURIA
Por: Luís Miranda
Misterio apoyó el revólver detrás de la oreja, tiró del gatillo y se derrumbó en la cama. “No te juegues así. Levántate, huevón”. Los cinco chiquillos que se habían amanecido con él bebiendo en su cuarto de Jesús María sintieron de golpe que el alcohol dejaba de hacerles efecto. Cuando lo levantaron vieron un charco rojo en el cubrecama. No era broma. Misterio se había matado.

Durante unos meses fue jugador de fútbol y su ímpetu más que su virtuosismo lo llevó a estar en el equipo de reserva de Universitario, pero la detección temprana de un soplo al corazón lo hizo renunciar al juego profesional.